
El italiano es el descendiente directo del latín vulgar hablado en la península itálica, con dialectos regionales que divergieron notablemente tras la caída del Imperio romano de Occidente en el siglo V d. C. Durante buena parte de la Edad Media, la escritura culta se realizaba en latín clásico, mientras que las lenguas vernáculas habladas evolucionaban de forma independiente, una diversidad inmortalizada en la escuela poética siciliana y en las obras toscanas de Dante, Petrarca y Boccaccio. El dialecto toscano florentino ganó prestigio literario en gran medida gracias a la Divina Comedia de Dante (c. 1320), y los tratados de Pietro Bembo en el siglo XVI lo consagraron formalmente como norma del italiano escrito. La unificación nacional de 1861 hizo urgente establecer una norma hablada común, un proceso que el estadista Massimo d'Azeglio describió como «hacer italianos». Hoy, el italiano estándar convive con decenas de variedades regionales; algunas, como el napolitano y el véneto, son lo bastante distintas como para considerarse lenguas separadas.